jueves, 29 de septiembre de 2016

Amor Platónico

Todo inicia con una pregunta escueta pero con evaluación implícita. Ese tímido "hola ¿Me puedo sentar?" Nadie parece resistirse a una sorpresa, en especial si viene con ojos grandes y brillantes, llenos de peligro. Incitando a una aventura que parecía extinta, una coincidencia, un cambio.

En la mesa se sirve una conversación amena, con la despedida viene el intercambio de números teléfono. El resultado: un aleatorio con cita furtiva al final. Amanecen con una conversación por mensaje, dos seres añejos creando algo dulce en su interior.

Alguien inició la construcción de castillos en el aire, sin indagar por la existencia del cómplice, esa es la trampa, correr sin que los pies se despeguen del cemento y comenzamos a abrazar la estupidez.

Los días pasan con un hito en la rutina, más mensajes, más sonrisas. Café una vez por semana, comparten regalos y miradas descaradas mientras sostienen la taza.

No hay más encuentros que el café, tampoco aproximaciones misteriosas. La piel sigue crispando sus propias sensaciones huérfanas. No hay avance y son siempre las mismas poses. El corazón sigue esperando, aunque la atención no se difuma ni un poco.

Otra semana, el café de rigor, misma mesa, misma orden, dos caras son iguales. Aparece una novedad, un tercer rostro, es la pareja de uno de los implicados.