jueves, 29 de enero de 2015

Tarde

Un viento arrollador devela instintos bajos en la gente sola, la envidia en sus miradas, golpea el amor de los extraños. Miles de argumentos florecen en el ácido de los transeúntes ajenos al maleficio.
Entonces me miraste por encima de los lentes, mientras sorbía con elegancia un poco de café negro... un remedo de malicia se pintó en sus labios, acto seguido el frío tomó parte en la mesa al arrebatar la taza que vacilaba en mis manos, sin mayores miramientos un beso se plantó en mis labios.
Así nos congelamos un rato, sin inmutar el pensamiento, sin apelar concesiones, hasta que una mano; mía o tuya no lo recuerdo, se aferró a la chaqueta y nos abrazamos.